Entusiasmo

Después de unos meses dejando desatendido este blog, por lo que os pido disculpas a todos aquellos que amablemente os acercáis y compartís vuestras experiencias y opiniones, me está siendo difícil retomar el hilo.

Creo que esto de la escritura o de la comunicación en general, es como el deporte. Debes estar entrenando y practicando continuamente. Es difícil coger el tono y puesta en forma y muy, muy fácil perderla. Así me siento yo recuperando esta actividad.

Durante estos meses tanto en el ámbito laboral como en eventos o lecturas orientados a la divulgación y formación en nuestra profesión, ha habido una palabra, un concepto que aparecía reiteradamente y lo hacía como elemento clave. Se señalaba como diferencial:

  • Qué especial característica, de elegir una sola, se le pediría a un Jefe de Proyecto,
  • Qué es lo más importante que un Jefe de Proyecto transmita a su equipo,
  • Al seleccionar a un miembro de tu equipo de trabajo, qué elemento clave, asumiendo igualdad de preparación y experiencia, determinaría la elección,
  • Qué nos gustaría que sintieran los interesados por nuestro proyecto,
  • Qué hace que cuando se presentan dificultades, se sea capaz de afrontarlas, gestionarlas y seguir adelante, …

En todos los casos, la respuesta era la misma: Entusiasmo.

En momentos de tanta frustración, ansiedad y preocupación, se quiere a gente que viva y trabaje con entusiasmo y sea capaz de contagiarlo. Nadie trabaja mejor que aquel que disfruta con lo que hace y con nadie es más agradable trabajar.

Reflexionando acerca del concepto que tan importante se consideraba, acabé por preguntarme qué diferencias hay entre distintos tipos de entusiasmo y qué características del mismo son las que lo hacen tan apreciado.

En una de esas extrañas conexiones neuronales que te llevan de una idea a otra, acabé recordando una reflexión que mi padre me hizo cuando yo era pequeña: las diferentes formas de ser “valiente”. Él me hizo reflexionar acerca de la diferencia entre ser temerario y ser valiente.

Era una preciosa tarde de verano. Una vez que el calor empezaba a declinar, salimos a dar un paseo por la montaña. A mi padre le encantaba llevarnos a descubrir nuevos rincones. A mí me gustaba subirme a cada piedra, saltar de una a la otra. Cada peñasco que veía era un “everest” y yo era la más valiente del mundo. Mis magulladuras en rodillas, codos y palmas de la mano demostraban que no medía bien el peligro.
Esa tarde, yo estaba especialmente emocionada y le dije a mi padre: “¿A qué soy muy valiente?”. Él me respondió como muchas veces hacía, con otra pregunta: “¿Qué es ser valiente?”.
Sin ninguna reflexión le respondí que ser valiente es atreverse a hacer cosas difíciles y peligrosas. Para mi sorpresa me respondió que eso podía no tener mérito. Si alguien es muy inconsciente y no sabe realmente el riesgo que corre, a lo que se va a enfrentar y qué va a pasar si algo sale mal, esa persona no es valiente, es un temerario y no muy listo. El valiente conoce a qué se enfrenta, los obstáculos y riesgos que corre, sus consecuencias.

Niña con coraje

En aquel momento la explicación de mi padre me llegó al alma, me sentí como que no sólo no valoraba “mis hazañas” si no que acaba de decirme que no había sido muy lista. Ahora valoro cómo quería enseñarme y protegerme, ¡y cuánta razón tenía!

Bueno, pues todo esto me vino a la mente reflexionando sobre el entusiasmo. ¿Por qué? Pues quizá porque encontré un paralelismo con la diferencia entre entusiasmo e ilusión.

Si buscamos en el diccionario de la RAE encontramos las siguientes acepciones:

Entusiasmo:
1. m. Exaltación y fogosidad del ánimo, excitado por algo que lo admire o cautive.

2. m. Adhesión fervorosa que mueve a favorecer una causa o empeño.

Ilusión:
1. f. Concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos.

2. f. Esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo.

3. f. Viva complacencia en una persona, una cosa, una tarea, etc.

Desde mi punto de vista, cuando tenemos a alguien con ilusión, está contento, esperanzado, tiene unas expectativas que de cumplirse cree que serán muy satisfactorias.

Por otra parte, el entusiasmo, está más relacionado con algo que es conocido y precisamente por conocido, se siente excitación, alegría por acometerlo y llevarlo a cabo.

De tener que elegir entre un ilusionado y un entusiasmado, ¿a quién elegiríais? A mi me recuerda mucho a la diferencia entre el temerario y el valiente.

Encontrar a alguien que se ha enfrentado a diferentes proyectos, interesados, dificultades, éxitos, fracasos, frustraciones, que conoce las dificultades, los sinsabores y las exigencias que se le vienen encima y con todo, acomete cada nuevo reto con entusiasmo y es capaz de transmitirlo y ayudar a otros a que lo mantengan…, es de un valor incalculable.

Valoro mucho la ilusión, propia de los que empiezan y que si madura acaba en un valioso entusiasmo. Pero a quien admiro es a los Jefes de Proyecto entusiastas. A esos que tras años de profesión acometen cada nuevo proyecto como un reto maravilloso con el que aprender, crecer y disfrutar. A todos ellos mi homenaje y el mayor de los respetos.

Y a los que empezáis y, de momento, “sólo” tenéis ilusión. Seguid adelante, id conociendo a lo que os enfrentaréis y sabed que, si os gusta, y queréis disfrutar con lo que hacéis, habéis elegido la mejor de las profesiones. Tendréis momentos duros y días soleados, pero pocas profesiones como la nuestra os darán la oportunidad de vivir fuera de la zona de confort, en continuo reto, pero siempre con la oportunidad de entusiasmaros. ¿Se puede pedir más?

equipo con entusiasmo

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